Leyendas del Fútbol

HOUSEMAN: Bendita locura.

René Orlando ha fallecido a los 64 años. Se marcha un campeón del mundo con Argentina en 1978. Pero también un mito del fútbol albiceleste.

  23/03/2018

Argentina llora la muerte de un mito olvidado. "Nunca nadie lo cuidó a René. Sus compañeros han hecho lo posible para ayudarlo con atención médica y psicológica, pero ya era imposible. Él se sentía feliz ahora en Excursionistas. Me decía que su papá iba a estar orgulloso de él", se lamenta César Luis Menotti sobre un futbolista que en los últimos años vivió en baúl de los recuerdos del fútbol argentino. Apodado Loco por su carácter extrovertido, sobresalió gracias a su velocidad y sus gambetas desfachatadas sobre la banda derecha, a punto tal de ser considerado uno de los mejores en su puesto . Para muchos, fue el último 'wing' genuino del fútbol argentino.

Nacido en Santiago del Estero, Houseman se desarrolló en clubes del ascenso de Buenos Aries, aunque saltó a la fama como integrante de aquel gran equipo del Club Atlético Huracán que ganó el Campeonato Metropolitano de 1973. También jugó en Independiente, River Plate y Colo Colo de Chile. Hasta hace pocos días se lo podía ver todavía yendo al estadio de Huracán o el de su otro gran amor, Excursionistas -hoy en la cuarta categoría del fútbol argentino-.

Menotti: "Maradona me decía que Houseman era el mejor jugador del Mundo. Elegía siempre lo mejor para todos. Tenía cosas memorables"

En aquel 1973 llegó a la selección argentina, con la que primero disputó el Mundial de Alemania 1974. Allí participó en los seis partidos de su equipo y marcó tres goles. Cuatro años más tarde, fue una de las piezas importantes de la Argentina de César Luis Menotti que ganó el Mundial en su país: el Loco jugó en seis de los siete encuentros de la Albiceleste, tres de ellos como titular, y aportó un tanto. En total, vistió la camiseta de su país 55 veces y marcó 13 dianas. Houseman gambeteó casi todo lo que el destino le puso enfrente -incluyendo un problema con el alcohol-, menos el cáncer de lengua que le quitó la vida. Su recuerdo, sin embargo, permanecerá por siempre en las canchas argentinas.

Daniel Lagares, de Clarín, señala en su columna que Houseman tenía cosas de Maradona, Ortega y Messi. César Luis Menotti fue entrenador de René Houseman en el brillante Huracán de 1973 y también en la Selección que logró la Copa del Mundo de 1978. "Maradona me decía que Houseman era el mejor jugador del Mundo. Elegía siempre lo mejor para todos. Tenía cosas memorables", lo recordó el extécnico en AM 770. René nos tenía acostumbrados a estas situaciones, siempre salía. Lamentablemente de esta no pudo", admitió Menotti. Y con su estilo empezó a despedirlo: "René siempre está presente en cada pase, en cada gambeta y en cada toque". A la hora de las anécdotas, el Flaco eligió una en particular: "Un día en la cancha de Vélez hizo un túnel y le dije 'mirá que esto es en serio', y él me dijo 'en serio jugaba yo en la villa, por 10 pesos, y si perdía, perdía la ropa'". Un recuerdo que pinta a Houseman por completo.

Daniel Lagares (Clarín): "Houseman gambeteba recto, vertical (como dicen los modernos) o paralelo"

Daniel Lagares recuerda de una manera muy sensible al 'Loco': 

'Como todos, René tenía la vida prestada así que no murió, sólo fue a devolverla. Y si murió, lo mató esa vida a su modo, libre, naif, sin pecado original, a salvo de moralinas y consejeros que nunca hicieron más que eso: decirle lo que había que hacer. Pobres. Burlados, todos, como tantos marcadores de punta.

Lo más fácil es afirmar que completó la Santísima Trinidad de los wines locos con Garrincha y Corbatta. Lobos solitarios, alcohólicos, despojados de todo, René, como Omar y como Mané sólo tenía la gambeta como arma. Y la usaba como un revólver. Bang... bang... creés voy para allá pero vengo por acá. Y cuando amagaba ir para acá y se iba para allá, la tribuna se venía abajo. Fue el rubí de la corona regia de aquel Huracán del ‘73, crack entre cracks, el único indispensable. Tanto que cinco años después, también con Menotti como entrenador, tuvo un lugar en la Selección campeona y Maradona se quedó afuera.

La memoria (mala o floja) invita a la audacia de las sentencias cuando la película de cientos de jugadas de René pasan por la cabeza antes de caer en el teclado. Tenía “cosas de Diego”. O de Ortega. Y también “cosas de Messi”. Lo impensado, la explosión que distinguía, entre otras características, al primer 10; el corte de Orteguita. Y de Leo, esa melancolía de ausencia para irrumpir de golpe, dejar el tendal y meterse con pelota y todo en el arco. Lo he visto.

Jugaba sin canilleras. Y con las medias bajas. Como en el potrero. Como los hombres. En su tiempo los futbolistas no se depilaban. Se ofrecía, valiente, a la rudeza. Se crió a la intemperie, en el descampado, en los picados por plata y bajo la amenaza permanente de un final a las trompadas. Iba a tener miedo...¡Minga de miedo! Arriesgaba como un torero, mentía como un ilusionista, divertía como un clown. Ooooole...siempre ole de René. Pasaba siempre. Gambeteba recto, vertical (como dicen los modernos) o paralelo a la línea de defensores hasta que en algún momento quebraba la cintura y quebraba la línea Maginot para irse, libre y feliz al duelo del Far West con el arquero. Bang... bang...andá a buscarla adentro.

René Orlando Houseman era un futbolista tremendamente humano. Siempre mostró su soliraridad.

En algún momento, la pelota dejó de llegarle. Y de obedecerle. El almanaque no perdona y René empezó a ser recuerdo y leyenda. Baraja, soledad, cigarrillo, alcohol. ¿Tristeza? Quien sabe. El Bajo Belgrano fue uno de sus territorios. El Ducó, su otra patria. Estaba siempre, sentadito en esas plateas de cemento que le sobraban de tan flaquito que era. O caminando por el pasillo, agarrándose del alambrado para estar un poco más cerca de lo que fueron sus tierras. La mano en alto, la mueca de la sonrisa respondiendo al saludo. Solo. Hace poco lo invitaron a participar de un spot del club para convocar a los hinchas a asociarse. Ya casi no podía moverse. Para participar pidió plata, René siempre pedía algo. Le dieron menos de la mitad de lo que quería. Aceptó, se conformó. Acaso sabía que no hay dinero suficiente que lo valorara. René no tiene precio.

Por eso el dolor de la hora está multiplicado, por eso la nostalgia temprana. Por eso la tristeza infinita. Porque René nos gambeteó a todos. Y se fue.'